Vértigo en Iguazú (*)
-
A continuación, un periodista especializado en crónicas de viaje relata su primera visita a los abismos verdes de la provincia de Misiones.Las Cataratas del Iguazú son Patrimonio Natural de la Humanidad (UNESCO) y ahora van por más. Ya pasaron a la última etapa en la votación por las 7 Maravillas Naturales del Mundo y cada año son visitadas por más de un millón de personas.
La primera vez que me aproximé a la selva misionera en Argentina –desde una avioneta- se me presentó como un oscuro laberinto donde imperaba un motivo vegetal que se repetía hasta el hartazgo. Allí abajo, a lo lejos, se levantaba un reino fortificado tras una muralla de árboles alineados tronco a tronco hasta el infinito. Una vez en tierra, frente las puertas de aquel reino, vi que la única forma de penetrar en él sería por un ‘’boquete’’ en la pared vegetal. Pero una vez adentro, descubrí que el obstáculo verde no tiene fin y nos condena a buscar un centro que nunca aparece, bordeando la tremenda densidad de un mundo de sombras que podría tragarnos para siempre.Al llegar al abrupto balcón de la Garganta del Diablo me encontré con un río suicida arrojándose al vacío que reventaba contra las rocas. Cuando comienzan a caer, las aguas parecen quedar suspendidas en el aire por un instante frente a la cornisa de piedra. Y después –fruto del mismo efecto visual— se desploman como en cámara lenta hacia un cataclismo descomunal. Abajo las espera el caos, las fauces sedientas de un gigante oculto entre aguas espumantes que bullen como el aceite. En el diabólico balcón no hay mucho para hacer, y ni siquiera hay demasiado espacio para moverse. Sin embargo nadie se quiere ir. El influjo de las aguas es poderoso, mientras una humedad absoluta impregna el ambiente con un fino rocío que nos acaricia el cuerpo completo al mismo tiempo.
Para sentir las entrañas acuáticas de la selva tomé la lancha que se interna a toda velocidad por los rápidos del río Iguazú entre dos paredes selváticas. Una potente acelerada nos obligó a sujetarnos de una soga y de repente se desató un torbellino de aguas que caían desde las dos paredes –ahora de piedra-, una a cada costado de la lancha. No ingresamos a la temida garganta, por supuesto, pero como consuelo tuvimos una “ducha” bajo el salto Los Tres Mosqueteros. Los pasajeros gritaron como si llegara el fin del mundo y un atronador torbellino indicó que habíamos alcanzado el epicentro de una calamidad. Estábamos inmersos en una densa nube de agua y a pocos metros de nuestra embarcación la catarata explotó en ráfagas de agua que nos azotaban con violencia, un juego de lo más divertido. Y cuando todo parecía haber terminado, dimos una larga vuelta alrededor de la isla San Martín en busca de un salto con ese mismo nombre, uno de los más furibundos y caudalosos del parque. Cuando la lancha encaró a toda marcha hacia el centro del salto, algunos gritaron de alegría y otros de pavor. Sin tiempo para pensarlo ya estábamos adentro de una densa nube de agua. Y de repente ocurrió como si un cuerpo de bomberos completo hubiese abierto sus mangueras al unísono para atacarnos a chorros en la cara. La situación era desconcertante, porque llegado cierto punto ya no se veía nada salvo un rocío blanquecino. Muchos pensaron que algo había fallado y estábamos perdidos dentro de la catarata. Pero no, por supuesto; era sólo un juego erizante como seguramente no habrá otro que se le parezca en cualquier sucursal de Disneyworld.
Al avanzar por la selva uno tiene la sensación de atravesar las entrañas de un gran cuerpo viviente compuesto por millones de especies vegetales y animales entrelazadas una a la otra. El intrincado reino vegetal está muy a la vista, con su aparente inmovilidad. Pero en cambio la fauna es esquiva al viajero por derecho propio. Los más visibles son los coatíes y las aves, apenas la minoría de esa fauna rampante que nos acecha parapetada tras la muralla vegetal. Esos millares de ojos que nos miran y no podemos ver son una parte esencial de la selva que todo viajero de ley debe esforzarse por conocer si desea realmente compenetrarse con el entorno natural de Misiones. Y para ello habrá que salirse un poco –sólo un poco-, de los circuitos tradicionales de Iguazú.
El yaguareté es el felino más grande de América, con ejemplares que pueden pesar hasta 100 kilogramos. Es la imagen emblemática de la selva misionera, evocada por Horacio Quiroga en sus cuentos e injustamente temida por el hombre, al cual jamás se acerca. Es el indiscutido rey de la selva, pero se encuentra al borde de la extinción debido a la caza por parte de los colonos ganaderos y a la reducción de los grandes espacios de selva que necesita para reproducirse y cazar.
La fantasmal presencia del yaguareté en Misiones está próxima desaparecer. No son muchos los que quedan –quizás menos de cien-, pero bastante más seguido de lo que la gente cree los guardaparques de Iguazú encuentran sus huellas por la mañana en la misma zona que durante el día transitan millares de turistas. Y famoso es el día en que un dulce felino se acercó una noche a tomar agua en la pileta de Sheraton Hotel.
El viajero, naturalmente, carece de forma alguna de encontrar un yaguareté en estado natural, así que habrá que buscarlo en cautiverio. Pero la experiencia vale la pena con creces. En primer lugar, por la posibilidad de observar cara a cara a un animal de lacerante belleza. Y segundo, porque la alternativa de internarse en la selva por un camino de tierra roja hasta la casa del ermitaño Siger Waidelich –quien cría yaguaretés en unas precarias jaulas-, es por cierto una experiencia en sí misma.
En las cercanías del pueblo de Montecarlo –130 kilómetros al sur de Puerto Iguazú-, un hombre de origen alemán llamado Sieger Waidelich habita solo y sin luz en una casa de madera en medio de la selva. El señor Waidelich aparenta unos 65 años y habla con un marcado acento alemán. Vive de la ganadería y además cría yaguaretés desde hace 16 años. Los fue atrapando en unas jaulas de madera ya que ésta era la forma que consideró válida para evitar que arrasaran con su ganado. De otra forma, como hace la mayoría de los colonos, la alternativa era matarlos.
Con una 4×4 alquilada llegué a ‘’lo de Waidelich’’ para conocer a sus “dulces gatos”. En una serie de jaulas había un total de siete yaguaretés. Pero no se trataba de en un zoológico sino del fondo de una casa, donde los animales no están muy acostumbrados a recibir visitas. Naturalmente, fuimos mal recibidos por las fieras y de inmediato un frío estupor se apoderó de ellas, que permanecieron posadas como esfinges, mirándonos con odio mortal. Estuve frente a frente con cada animal, mientras un halo de inquietud se respiraba en el aire de un lado y del otro de los barrotes. Las siete fieras me habían clavado su paralizante mirada y no la bajaron por ninguna circunstancia. Un tenso silencio me permitía oír su respiración ansiosa y los vi abrir la boca de a poco para mostrarme sus colmillos deliberadamente. Con la boca abierta al máximo uno de ellos lanzó un soplido terrorífico. Cebados por mi adrenalina, repitieron unos largos rugidos grupales produciendo una vibración seca y grave que se prolongaba por varios segundos en el aire. Aunque la jaula parecía segura, un escozor de cercanía con la muerte se expandió por todo mi cuerpo.
De la violencia contenida de los yaguaretés pasé a los chisporroteos multicolores de los colibríes de la familia Castillo. El lugar es la simple casa de una familia en Iguazú que desde hace una década decidió hacer público su jardín. Allí llegan todas las tardes medio centenar de colibríes a libar el agua con azúcar de unos bebederos colgados en las ramas de los árboles del Jardín de los picaflores. Se trata de un espectáculo de gran sutileza que se repite en el jardín desde que la señora Marilene tiene memoria. Basta con sentarse en los banquitos de esta especie de jardín-zen tropical y ver como las refinadas joyas aladas llegan desde la selva a sabiendas de que los bebederos son más pródigos que las flores en dulzura. Durante el invierno puede haber hasta 40 picaflores al mismo tiempo. Las mágicas apariciones de plumaje brillante suceden a un metro del visitante, derivando en frenéticas persecuciones o en la desaparición al unísono de una veintena de colibríes cuando divisan en lo alto del cielo a un gavilán al acecho.
Los colibríes pasan a toda velocidad a centímetros de la cara de las personas -acariciándolas con un vientito- quienes por reflejo corren la cabeza por miedo chocarse con las pequeñas aves de reflejos infalibles. En Misiones existen dieciséis clases de picaflores, catorce de las cuales vienen a este jardín. Algunos de ellos son el colibrí bronceado, el corona violácea, el escamado, el garganta blanca y el esmeralda.
Valga este viaje a Misiones como una postal de rigor de las cataratas, pero también como la posibilidad de una mirada algo más profunda de una selva que en apenas medio siglo, ya ha perdido el 70 por ciento de su extensión.
(*) Julián Varsavsky
Licenciado en Ciencias de la Comunicación, UBA. Periodista del suplemento de turismo del diario Página 12 desde 1998. Editor periodístico de la revista Recorriendo la Patagonia desde 2004. Productor, guionista y editor de documentales. Fotógrafo especializado en turismo.
Agradecemos a la Secretaria de Turismo de la Nacion




